El último día
La anciana
Leresma regalaba lo que no tenía, y por ello le decían:
—¡Eres tonta, Leresma!
Nunca recibió pago alguno por parte de aquellos a quienes
ayudaba, dado que unos no podían hacer nada por sí mismos como
para hacer algo por los demás, y los otros porque sólo se
entendían con ella cuando querían obtener algún beneficio. Y así
pasaba los días Leresma, viviendo peor que la mayoría de
aquellos a los que auxiliaba.
Cierto día, de regreso a casa en pleno y gélido invierno, vio a
un mendigo recostado sobre un pequeño jergón de paja en una
esquina de la calle. Tiritaba de frío, con la ropa hecha
jirones. Leresma pensó que si no hacía algo por él, lo más
seguro es que muriera congelado, y por ello no le faltó tiempo
para subir a su casa, coger una gruesa manta, y volver a bajar
para depositarla sobre el mendigo.
Esa misma noche, Leresma enfermó, y sola murió en su cama.
Al
día siguiente, el mendigo al que había arropado salvó la vida de
un niño. Nadie lo relacionó con la anciana. Sólo dijeron:
—¡Qué pena! ¡Ha muerto la tonta Leresma! |