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omenzaba la primera mañana tras el invierno cuando, por las
ramas de los árboles, se deslizaba el piar de unos recién
nacidos. En lo alto de una de ellas, tres búhos acababan de
venir al mundo. Parecían ser sanos y fuertes, pero uno de
ellos era mucho más corpulento que sus hermanos, y su
apariencia bien distinta. Esa notable diferencia quedó marcada
en el nombre que le fue puesto, «Búho Grande».
Al principio nadie en todo el bosque le dio mayor importancia,
pero a medida que el tiempo fue transcurriendo, el contraste
entre Búho Grande y su linaje se acrecentó tanto, que nada
parecía tener en común con él a excepción de las plumas, el
pico y las garras. Como era más grande que cualquier otro
animal del bosque donde vivía, nadie se atrevía a molestarle
con palabras, pero la mirada con la que todos le observaban
bastaba para hacerle desdichado.
—Bicho raro, extraño, anormal —eran los pensamientos que todos
callaban en sus bocas, pero que en sus ojos cobraban vida.
De este modo fue creciendo Búho Grande, infeliz, hasta que llegó
el día en el que, con alegría manifiesta, alcanzó la edad
suficiente para ser considerado adulto. Ese mismo día vería
cumplido su más grande deseo: ir de caza con su padre y sus dos
hermanos. Así sucedió. Búho Grande se dirigió con ellos al
corazón del bosque y, una vez allí, aquél comenzó a iniciar a
sus retoños en la técnica de la cacería:
—Ahora, hijos míos —les dijo desde la rama de un árbol—, fijaos
bien en cómo se ha de hacer para cazar ratones. Es importante
que prestéis mucha atención, porque si no lo hacéis como yo,
huirán. ¿De acuerdo?
—Sí, padre —le respondieron Búho Grande y sus dos hermanos.
—Bien. Entonces mirad debajo de aquella encina. ¿Veis a aquel
ratón que está atareado en roer una bellota?
Sus tres hijos asintieron. Entonces, se lanzó al vuelo sorteando
las numerosas hojas de los árboles, evitando el contacto con
ellas para impedir que el ratón se percat ase del peligro, y de
este modo, logró un sigilo prodigioso que le permitió
abalanzarse sobre la presa y atraparla limpiamente.
Las atentas miradas de sus hijos no habían perdido detalle, por
lo que el primero de los hermanos de Búho Grande imitó a la
perfección los movimientos y consiguió atrapar a otro ratón. El
segundo de sus hermanos, que era un poco despistado, necesitó
dos intentos para lograrlo, ya que la primera vez olvidó que no
debía rozar las hojas de la frondosa floresta y el ratón escapó.
Ya por último, le tocó el turno a Búho Grande, quien había
memorizado con la mayor precisión hasta el más mínimo detalle.
No obstante, aun conociendo todo lo necesario para no errar,
Búho Grande no consiguió atrapar a su presa ni a la primera, ni
a la segunda, ni a la tercera vez que lo intentó. Muchas otras
tentativas siguieron, pero Búho Grande seguía sin lograr captura
alguna. Debido a la gran longitud de sus alas desplegadas, éstas
siempre rozaban las ramas, delatando su presencia al ratón.
—Volvamos a casa, hijo —le indicó su padre tras otros muchos
intentos.
Búho Grande miró entonces a su progenitor y a sus hermanos. Vio
en sus rostros una expresión de gran decepción. Se sintió muy
apenado y dolido.
Herido en su orgullo, decidió no volver hasta que fuera un gran
cazador y todos se sintieran orgullosos de él. Por ello,
contestó de este modo:
—Id vosotros. Yo iré más tarde.
—Como quieras, hijo —le respondió su padre—, pero no te demores
demasiado.
Una vez se hubo alejado su familia, Búho Grande continuó
esforzándose en mejorar sus cualidades como cazador de ratones,
incluso llegando a arrancarse muchas de las plumas de sus alas
para recortar su tamaño, aun a pesar del terrible dolor que esto
le producía.
La noche pasó y llegó el día, pero los resultados que Búho
Grande había obtenido eran nulos. Todos sus intentos habían sido
en vano, todos fracasaban. Sin poder soportar más esta
situación, emprendió un vagar errante que al término de muchos
días y noches, le condujo a los lindes del bosque...
(Continúa en
Los bosques perdidos)
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