Capítulo I
Los trescientos caballeros que integraban la Orden del
Temple en Jerusalén se despertaron, al comienzo de maitines,
con el nocturno redoble de una campana. Rezaron un pater
noster y se prepararon, en el mutismo más absoluto, para
reunirse en las honras fúnebres del fallecido maestre, Hugo de
Payens.
Se vistieron con su ajuar de batalla, poniendo encima de
sus cuerpos, repletos de cicatrices, una camisa y un calzón
limpios, y sobre éstos, primero un enrejado de malla de hierro
y, superpuesto a él, una loriga o cota de malla que les
cubría, desde la cabeza, todo el cuerpo a excepción del
rostro, a lo que añadieron un par de calzas de hierro y unos
zapatos de armas. Incorporados a esta indumentaria, colocaron
un sayón, una túnica de mangas estrechas apretada contra el
cuerpo por un grueso cinturón de cuero y una larga capa
enlazada al cuello por una fíbula. Todas estas ropas eran
uniformes, sin ningún tipo de ornamentación o distintivo, y,
al igual que las usadas por los monjes cistercienses, los
sufíes y los Levitas que guardaban el Arca de la Alianza, eran
de color blanco, símbolo de pureza y reconciliación con Dios.
Antes de
abandonar sus aposentos tomaron, de entre todas sus armas, una
recta espada, de doble filo y redondeada en la punta, dejando
para otro momento la lanza, el puñal, el escudo triangular y
el yelmo cilíndrico.
Se
congregaron ante la capilla del Templo de Salomón, en la que
fueron entrando de dos en dos hasta formar un círculo en torno
a Hugo de Payens. El difunto descansaba tumbado, con el rostro
sereno, ataviado con una túnica y un manto níveos, sobre un
catafalco. A su alrededor brillaba una deslumbrante luminaria
de velas y cirios, a los que acompañaba el pálido resplandor
de la luna llena.
Una vez que
todos quedaron integrados en el círculo, los capellanes
comenzaron a oficiar solemnes exequias. Los templarios, de
rodillas, rogaban por el alma del difunto. Permanecieron así
hasta que la luz del alba trajo un nuevo día. Entonces, el
maestre fue levantado por los caballeros y conducido, en una
marcha fúnebre silenciosa, al cementerio contiguo, reservado
para los milites Christi. Allí, sin establecer
distinción entre ellos ni en vida ni en muerte, le dieron
cristiana sepultura en una tumba anónima junto a los demás
hermanos caídos, donde reposaría hasta la resurrección de los
muertos. Requiescat in pace.
En el
transcurso de los siete días siguientes, los hermanos
templarios rezarían por él doscientos padrenuestros, y darían
de comer a centenares de pobres durante las comidas y las
cenas. Al cabo de ese tiempo se convocaría un capítulo para
elegir a un sucesor.
Durante toda
la semana que duró el homenaje al maestre fallecido, Godofredo
de Saint-Omer se mantuvo cabizbajo y esquivo. Sabía que no
debía sentir un dolor tan exacerbado, ya que a su buen
compañero le aguardaban el cielo y el paraíso. Sin embargo, no
podía evitarlo. Su marcha le dejó sin fuerzas, y la mente de
Godofredo sólo vivía en el ayer.
Todavía
recordaba nítidamente, a pesar de que habían pasado varias y
canosas décadas, cómo Hugo y él mismo habían sentido la
llamada de Jerusalén. Se produjo tras conocer que treinta mil
campesinos, alentados por un monje al que llamaban Pedro «el
ermitaño», habían tenido el valor de embarcar hacia Tierra
Santa, sin apenas armas ni pericia militar, con el único
objetivo de liberar la Ciudad Santa, en manos árabes desde el
año 636 después de Cristo. Casi todos murieron; algunos en el
camino, otros en pequeñas escaramuzas, aunque la mayoría
terminó sus días en la plaza fuerte de Xerigordon, próxima a
Nicea, donde fueron instigados por la sed y el hambre del
sitio, hasta ser finalmente aniquilados.
—¿Vamos a
quedarnos de brazos cruzados? —había preguntado Hugo de Payens
en cuanto recibió la noticia—. Señores, es una infamia que
protejamos, cuidemos y vayamos de romería a Compostela o a
Roma, y no a la Ciudad Celestial, donde está el Santo Sepulcro
de Nuestro Señor Jesucristo. El más importante lugar de la
Tierra está indefenso, corrupto y olvidado desde hace muchos
cientos de años. ¿Qué dirá Cristo desde los cielos? Tal vez:
«Míralos Padre. Tan poco es su amor por mí, que permiten que
mancillen mi Casa, mi Templo y mi Sepulcro. Sólo los pobres,
al igual que cuando dejé ese mundo, siguen acordándose de mí».
¿Hemos de permitir una cosa así, que sean los campesinos
quienes mueran por su nombre? Yo os pregunto: ¿Acaso hay otra
tarea más urgente que liberar Jerusalén de los demonios que la
habitan? Si os llamáis seguidores de Cristo, tomaréis las
armas conmigo y buscaremos a quien acaudille un ejército capaz
de vencer a las fuerzas del diablo.
A partir
de esta emoción espiritual, Godofredo de Saint-Omer y Hugo de
Payens, acompañados por otros nobles francos, decidieron
unirse a un ejército que los señores de la alta nobleza
estaban formando, en respuesta a la llamada del Papa Urbano II
para salvar Jerusalén del oprobio musulmán. Godofredo de
Saint-Omer, Hugo de Payens y los caballeros que les
secundaban, se pusieron bajo el mando de Godofredo de Buillon,
duque de Baja Lorena. Juntos arribaron a Constantinopla, donde
se congregaron cerca de sesenta mil guerreros occidentales en
los primeros meses de 1097. Tomaron Nicea ese mismo año y
reforzaron el dominio sobre la orilla asiática del Bósforo
tras la victoria en Dorilea.
Luego
asediarían Antioquia y conquistarían Edesa para, finalmente,
penetrar al asalto en Jerusalén el quince de junio de 1099.
Apoderándose de la ciudad, pasaron por el filo de la espada a
judíos y árabes sin mostrar piedad alguna, ya que, como
expresó Raimundo de Puy, «era justo y especial castigo de Dios
que aquel lugar fuese cubierto con la sangre de los infieles
que por tanto tiempo habían acudido allí a blasfemar».
Ese mismo
día, Godofredo de Saint-Omer y Hugo de Payens comprendieron el
significado de la misión espiritual que les había conducido
hasta la Ciudad Celestial. Aquellas tierras de ultramar,
evidentemente, debían haber formado parte del paraíso perdido.
Allí se encontraban muchas especies exuberantes que jamás
habían visto u oído nombrar, y para recordarlas habría que
remontarse al Génesis. No a causa de extraños animales como
dromedarios, camellos, perros salvajes, leopardos o leones,
sino por otros que les fueron descritos, los cuales parecían
salidos de una fábula.
Les
hablaron de un animal con patas cortas y cuerpo rollizo que
pasaba la mayor parte del tiempo retozando en ríos y lagos,
pues sabía nadar y sumergirse, y cuya abundancia de carne,
decían, era comparable a la de veinte cerdos juntos. De otro
que se alimentaba del anterior, el cual tenía aspecto de
lagarto gigante, más grande que un hombre, y de piel dura como
la de un escudo. De uno parecido a un toro, pero de piel gris
y con los cuernos en el hocico, en vez de a los lados del
cráneo. O de las quimeras, animales de altura cinco veces
superior a la de un hombre, de cuello y patas alargadas, piel
moteada, y que se alimentan de hojas de los árboles.
No menos
excepcionales eran los vegetales. Apenas existían malas
hierbas, pues arbustos y plantas eran generosos; las cañas de
miel, el giroflé, la mirística o el pimentero proporcionaban
alimento a los hombres. Los árboles recordaban a un pasado
inmemorial, por lo que algunos recibieron nombres tales como
árboles del paraíso, manzanos de Adán o higueras del faraón;
otros daban frutos insólitos, amarillos y refrescantes bajo el
sol abrasador. Pero lo más sorprendente era que la savia de
los vegetales evocaba al adragante, bálsamo, incienso o
lentisco, a la trementina o a la mirra, de tal manera que la
vegetación parecía ser capaz de extraer con sus raíces la
esencia divina de estos santos lugares.
Así pues,
sabiendo que Tierra Santa era parte integrante del paraíso
perdido, comprendieron con mayor claridad por qué era tan
necesario su rescate y defensa, y también por qué se había
demorado este momento tanto tiempo. Los profetas ya lo habían
vaticinado.
Hubo una
edad de oro primitiva, en la que Adán y Eva habitaban el
jardín del Edén. Pero, a causa de pecado original, fueron
expulsados de él, perdiendo no sólo la vida placentera que
llevaban, sino que también vinieron a mancillarse física (pues
tenían que trabajar con sus propias manos para conseguir el
sustento) y espiritualmente (Dios ahora no era tan cercano ni
benévolo). Ellos y sus descendientes erraron sin dirección ni
perdón, entre un abismo de tierras de perdición, viendo cómo
sus vidas se degradaban cada vez más con el paso del tiempo.
Pero Dios se apiadó del hombre y le prometió enviar un
salvador y redentor.
Mandó a
su hijo Jesús, quien prometió a los hombres devolverles el
paraíso que se le había negado a sus padres, y ellos lo
asesinaron. En consecuencia, el hombre volvió a estar
destinado, mientras no se redimiera de sus pecados, a vagar
sin rumbo, habiéndosele prohibido retornar a la Casa de Dios
durante un milenio, momento en el que el dragón, la serpiente
antigua, que es el diablo, Satanás será soltado por poco
tiempo. Así está escrito en la sexta parte del Apocalipsis: al
cabo de mil años, los ejércitos de Satán cercarán el
campamento de los santos y la ciudad amada, pero descenderá
fuego del cielo y los devorará. Luego descenderá del cielo la
Ciudad Santa, la nueva Jerusalén.
De esta
forma, con la derrota de los ejércitos del diablo y la
conquista de la Ciudad Celestial, poco más de mil años después
de la resurrección de Jesús, los cristianos rememoraban la
profecía y la promesa del Salvador, por la cual salvarían sus
almas a través de la fe. Ahora el hombre estaba preparado para
acoger en paz el regreso de Dios a la Tierra. Esperaba la
llegada del fin de los días.
Estos
pensamientos sobrecogieron las almas de Godofredo de Saint-Omer
y Hugo de Payens, y fue precisamente esto lo que les condujo a
realizar su peculiar proposición. Situada dieciocho añadas
atrás al fallecimiento del maestre, ésta era otra de las
imágenes que acudía a la memoria de Godofredo con mayor
asiduidad. Describía el momento en el que ellos dos se habían
presentado ante el rey de Jerusalén, Balduino II, con su
curiosa propuesta: vivir como monjes y soldados de Cristo,
teniendo como último fin morir como mártires en la batalla. No
podía evitar sonreír al acordarse de la cara que había puesto
el rey, la misma que atestiguó, a lo largo de los años, que
nunca llegó a entenderles en realidad. Ni siquiera aun cuando
San Bernardo les elogió en su obra De laude novae militiae.
Un caballero de Cristo es un cruzado en todo momento, al
hallarse entregado a un doble combate: frente a las
tentaciones de la carne y la sangre, a la vez que frente a las
fuerzas espirituales del cielo. Avanza sin temor, no
descuidando lo que pueda suceder a su derecha o a su
izquierda, con el pecho cubierto por la cota de malla y el
alma bien equipada con la fe. Al contar con estas dos
precauciones, no teme a los hombres ni a demonio alguno.
¡Moveos con paso firme, caballeros, y obligad a huir al
enemigo de la cruz de Cristo! ¡Tened la seguridad que ni la
muerte ni la existencia os podrán alejar de su caridad!
¡Glorioso será vuestro regreso de la batalla, dichosa vuestra
muerte, si ocurriera, de mártires en combate!
Al
presente, en ausencia del maestre, Godofredo había dejado a un
lado su cargo de mariscal al ser elegido gran comendador del
Temple. Había asumido la dirección de la Orden mientras no se
designaba al sucesor de Hugo de Payens. Hasta que esto no se
produjera, Godofredo había ordenado que, todos los viernes,
los templarios ayunaran, y que ese día de la semana se
sustentaran tan sólo con pan y agua.
Sin
embargo, este ritual se realizó solamente una vez, ya que en
consideración a la presión que estaba ejerciendo Esteban, el
actual patriarca de Jerusalén, para interferir en la elección
del nuevo maestre, Godofredo se vio obligado a convocar el
capítulo en la mayor brevedad posible. Éste se produjo el
treinta y uno de mayo de 1136, el séptimo día tras el
fallecimiento del primer maestre del Temple…
(Continúa en
Balarian)