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«Rigurosamente documentada, la obra aporta una visión fiel de la época medieval». El Ideal Gallego.

 

 

 

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  Balarian

Primera edición: Castellarte, 2006

Género: Novela histórica

Páginas: 171

ISBN: 9788493335496

PVP: 12 €

     

 

Capítulo I

 

 

Los trescientos caballeros que integraban la Orden del Temple en Jerusalén se despertaron, al comienzo de maitines, con el nocturno redoble de una campana. Rezaron un pater noster y se prepararon, en el mutismo más absoluto, para reunirse en las honras fúnebres del fallecido maestre, Hugo de Payens.

Se vistieron con su ajuar de batalla, poniendo encima de sus cuerpos, repletos de cicatrices, una camisa y un calzón limpios, y sobre éstos, primero un enrejado de malla de hierro y, superpuesto a él, una loriga o cota de malla que les cubría, desde la cabeza, todo el cuerpo a excepción del rostro, a lo que añadieron un par de calzas de hierro y unos zapatos de armas. Incorporados a esta indumentaria, colocaron un sayón, una túnica de mangas estrechas apretada contra el cuerpo por un grueso cinturón de cuero y una larga capa enlazada al cuello por una fíbula. Todas estas ropas eran uniformes, sin ningún tipo de ornamentación o distintivo, y, al igual que las usadas por los monjes cistercienses, los sufíes y los Levitas que guardaban el Arca de la Alianza, eran de color blanco, símbolo de pureza y reconciliación con Dios.

Antes de abandonar sus aposentos tomaron, de entre todas sus armas, una recta espada, de doble filo y redondeada en la punta, dejando para otro momento la lanza, el puñal, el escudo triangular y el yelmo cilíndrico.

Se congregaron ante la capilla del Templo de Salomón, en la que fueron entrando de dos en dos hasta formar un círculo en torno a Hugo de Payens. El difunto descansaba tumbado, con el rostro sereno, ataviado con una túnica y un manto níveos, sobre un catafalco. A su alrededor brillaba una deslumbrante luminaria de velas y cirios, a los que acompañaba el pálido resplandor de la luna llena.

Una vez que todos quedaron integrados en el círculo, los capellanes comenzaron a oficiar solemnes exequias. Los templarios, de rodillas, rogaban por el alma del difunto. Permanecieron así hasta que la luz del alba trajo un nuevo día. Entonces, el maestre fue levantado por los caballeros y conducido, en una marcha fúnebre silenciosa, al cementerio contiguo, reservado para los milites Christi. Allí, sin establecer distinción entre ellos ni en vida ni en muerte, le dieron cristiana sepultura en una tumba anónima junto a los demás hermanos caídos, donde reposaría hasta la resurrección de los muertos. Requiescat in pace.

En el transcurso de los siete días siguientes, los hermanos templarios rezarían por él doscientos padrenuestros, y darían de comer a centenares de pobres durante las comidas y las cenas. Al cabo de ese tiempo se convocaría un capítulo para elegir a un sucesor.

Durante toda la semana que duró el homenaje al maestre fallecido, Godofredo de Saint-Omer se mantuvo cabizbajo y esquivo. Sabía que no debía sentir un dolor tan exacerbado, ya que a su buen compañero le aguardaban el cielo y el paraíso. Sin embargo, no podía evitarlo. Su marcha le dejó sin fuerzas, y la mente de Godofredo sólo vivía en el ayer.

Todavía recordaba nítidamente, a pesar de que habían pasado varias y canosas décadas, cómo Hugo y él mismo habían sentido la llamada de Jerusalén. Se produjo tras conocer que treinta mil campesinos, alentados por un monje al que llamaban Pedro «el ermitaño», habían tenido el valor de embarcar hacia Tierra Santa, sin apenas armas ni pericia militar, con el único objetivo de liberar la Ciudad Santa, en manos árabes desde el año 636 después de Cristo. Casi todos murieron; algunos en el camino, otros en pequeñas escaramuzas, aunque la mayoría terminó sus días en la plaza fuerte de Xerigordon, próxima a Nicea, donde fueron instigados por la sed y el hambre del sitio, hasta ser finalmente aniquilados.

—¿Vamos a quedarnos de brazos cruzados? —había preguntado Hugo de Payens en cuanto recibió la noticia—. Señores, es una infamia que protejamos, cuidemos y vayamos de romería a Compostela o a Roma, y no a la Ciudad Celestial, donde está el Santo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo. El más importante lugar de la Tierra está indefenso, corrupto y olvidado desde hace muchos cientos de años. ¿Qué dirá Cristo desde los cielos? Tal vez: «Míralos Padre. Tan poco es su amor por mí, que permiten que mancillen mi Casa, mi Templo y mi Sepulcro. Sólo los pobres, al igual que cuando dejé ese mundo, siguen acordándose de mí». ¿Hemos de permitir una cosa así, que sean los campesinos quienes mueran por su nombre? Yo os pregunto: ¿Acaso hay otra tarea más urgente que liberar Jerusalén de los demonios que la habitan? Si os llamáis seguidores de Cristo, tomaréis las armas conmigo y buscaremos a quien acaudille un ejército capaz de vencer a las fuerzas del diablo.

A partir de esta emoción espiritual, Godofredo de Saint-Omer y Hugo de Payens, acompañados por otros nobles francos, decidieron unirse a un ejército que los señores de la alta nobleza estaban formando, en respuesta a la llamada del Papa Urbano II para salvar Jerusalén del oprobio musulmán. Godofredo de Saint-Omer, Hugo de Payens y los caballeros que les secundaban, se pusieron bajo el mando de Godofredo de Buillon, duque de Baja Lorena. Juntos arribaron a Constantinopla, donde se congregaron cerca de sesenta mil guerreros occidentales en los primeros meses de 1097. Tomaron Nicea ese mismo año y reforzaron el dominio sobre la orilla asiática del Bósforo tras la victoria en Dorilea.

Luego asediarían Antioquia y conquistarían Edesa para, finalmente, penetrar al asalto en Jerusalén el quince de junio de 1099. Apoderándose de la ciudad, pasaron por el filo de la espada a judíos y árabes sin mostrar piedad alguna, ya que, como expresó Raimundo de Puy, «era justo y especial castigo de Dios que aquel lugar fuese cubierto con la sangre de los infieles que por tanto tiempo habían acudido allí a blasfemar».

Ese mismo día, Godofredo de Saint-Omer y Hugo de Payens comprendieron el significado de la misión espiritual que les había conducido hasta la Ciudad Celestial. Aquellas tierras de ultramar, evidentemente, debían haber formado parte del paraíso perdido. Allí se encontraban muchas especies exuberantes que jamás habían visto u oído nombrar, y para recordarlas habría que remontarse al Génesis. No a causa de extraños animales como dromedarios, camellos, perros salvajes, leopardos o leones, sino por otros que les fueron descritos, los cuales parecían salidos de una fábula.

Les hablaron de un animal con patas cortas y cuerpo rollizo que pasaba la mayor parte del tiempo retozando en ríos y lagos, pues sabía nadar y sumergirse, y cuya abundancia de carne, decían, era comparable a la de veinte cerdos juntos. De otro que se alimentaba del anterior, el cual tenía aspecto de lagarto gigante, más grande que un hombre, y de piel dura como la de un escudo. De uno parecido a un toro, pero de piel gris y con los cuernos en el hocico, en vez de a los lados del cráneo. O de las quimeras, animales de altura cinco veces superior a la de un hombre, de cuello y patas alargadas, piel moteada, y que se alimentan de hojas de los árboles.

No menos excepcionales eran los vegetales. Apenas existían malas hierbas, pues arbustos y plantas eran generosos; las cañas de miel, el giroflé, la mirística o el pimentero proporcionaban alimento a los hombres. Los árboles recordaban a un pasado inmemorial, por lo que algunos recibieron nombres tales como árboles del paraíso, manzanos de Adán o higueras del faraón; otros daban frutos insólitos, amarillos y refrescantes bajo el sol abrasador. Pero lo más sorprendente era que la savia de los vegetales evocaba al adragante, bálsamo, incienso o lentisco, a la trementina o a la mirra, de tal manera que la vegetación parecía ser capaz de extraer con sus raíces la esencia divina de estos santos lugares.

Así pues, sabiendo que Tierra Santa era parte integrante del paraíso perdido, comprendieron con mayor claridad por qué era tan necesario su rescate y defensa, y también por qué se había demorado este momento tanto tiempo. Los profetas ya lo habían vaticinado.

Hubo una edad de oro primitiva, en la que Adán y Eva habitaban el jardín del Edén. Pero, a causa de pecado original, fueron expulsados de él, perdiendo no sólo la vida placentera que llevaban, sino que también vinieron a mancillarse física (pues tenían que trabajar con sus propias manos para conseguir el sustento) y espiritualmente (Dios ahora no era tan cercano ni benévolo). Ellos y sus descendientes erraron sin dirección ni perdón, entre un abismo de tierras de perdición, viendo cómo sus vidas se degradaban cada vez más con el paso del tiempo. Pero Dios se apiadó del hombre y le prometió enviar un salvador y redentor.

Mandó a su hijo Jesús, quien prometió a los hombres devolverles el paraíso que se le había negado a sus padres, y ellos lo asesinaron. En consecuencia, el hombre volvió a estar destinado, mientras no se redimiera de sus pecados, a vagar sin rumbo, habiéndosele prohibido retornar a la Casa de Dios durante un milenio, momento en el que el dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás será soltado por poco tiempo. Así está escrito en la sexta parte del Apocalipsis: al cabo de mil años, los ejércitos de Satán cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada, pero descenderá fuego del cielo y los devorará. Luego descenderá del cielo la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén.

De esta forma, con la derrota de los ejércitos del diablo y la conquista de la Ciudad Celestial, poco más de mil años después de la resurrección de Jesús, los cristianos rememoraban la profecía y la promesa del Salvador, por la cual salvarían sus almas a través de la fe. Ahora el hombre estaba preparado para acoger en paz el regreso de Dios a la Tierra. Esperaba la llegada del fin de los días.

Estos pensamientos sobrecogieron las almas de Godofredo de Saint-Omer y Hugo de Payens, y fue precisamente esto lo que les condujo a realizar su peculiar proposición. Situada dieciocho añadas atrás al fallecimiento del maestre, ésta era otra de las imágenes que acudía a la memoria de Godofredo con mayor asiduidad. Describía el momento en el que ellos dos se habían presentado ante el rey de Jerusalén, Balduino II, con su curiosa propuesta: vivir como monjes y soldados de Cristo, teniendo como último fin morir como mártires en la batalla. No podía evitar sonreír al acordarse de la cara que había puesto el rey, la misma que atestiguó, a lo largo de los años, que nunca llegó a entenderles en realidad. Ni siquiera aun cuando San Bernardo les elogió en su obra De laude novae militiae.


Un caballero de Cristo es un cruzado en todo momento, al hallarse entregado a un doble combate: frente a las tentaciones de la carne y la sangre, a la vez que frente a las fuerzas espirituales del cielo. Avanza sin temor, no descuidando lo que pueda suceder a su derecha o a su izquierda, con el pecho cubierto por la cota de malla y el alma bien equipada con la fe. Al contar con estas dos precauciones, no teme a los hombres ni a demonio alguno. ¡Moveos con paso firme, caballeros, y obligad a huir al enemigo de la cruz de Cristo! ¡Tened la seguridad que ni la muerte ni la existencia os podrán alejar de su caridad! ¡Glorioso será vuestro regreso de la batalla, dichosa vuestra muerte, si ocurriera, de mártires en combate!

 

Al presente, en ausencia del maestre, Godofredo había dejado a un lado su cargo de mariscal al ser elegido gran comendador del Temple. Había asumido la dirección de la Orden mientras no se designaba al sucesor de Hugo de Payens. Hasta que esto no se produjera, Godofredo había ordenado que, todos los viernes, los templarios ayunaran, y que ese día de la semana se sustentaran tan sólo con pan y agua.

Sin embargo, este ritual se realizó solamente una vez, ya que en consideración a la presión que estaba ejerciendo Esteban, el actual patriarca de Jerusalén, para interferir en la elección del nuevo maestre, Godofredo se vio obligado a convocar el capítulo en la mayor brevedad posible. Éste se produjo el treinta y uno de mayo de 1136, el séptimo día tras el fallecimiento del primer maestre del Temple…

 

(Continúa en Balarian)

 

   
 

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