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Capítulo I
El
tamaño de los árboles, las montañas, las nubes, los mares,
subraya la grandiosidad de la naturaleza, en la que el hombre
sólo es un diminuto ser, inapreciable en la inmensidad del
paisaje, o un suspiro entre existencias realmente longevas.
Basta con detenerse a admirarlos un instante, para que
cualquier hombre, por sencillo que sea, pueda sentirlo.
Pero para quien ha llegado a vislumbrar la
armonía, esta manifestación sólo marca el principio de la
espiritualidad. Se debe olvidar la apariencia, el exterior de
las cosas, para llegar a la esencia de las mismas, a la única
verdad, donde todo se simplifica porque todo es uno. Desde
allí, desde esa contemplación profunda, se comprende por qué
los árboles, las montañas, las nubes, los mares, el hombre, no
son ni más grandes ni más pequeños, ni siquiera distintos,
porque todos son lo mismo. Todos, unos y otros, son
emanaciones de idéntica procedencia.
Por eso Takeda Matsumora, meditando en la orilla del lago
Kawaguchi-ko, con su katana al lado y el reflejo del
imponente Fujisan sobre las aguas, sentía que el sonido de los
pájaros piando y del líquido flotando, el olor de las flores y
de los árboles, la sensación de una suave brisa que mecía su
larga y negra cabellera y, al tiempo, llegaba a su piel a
través de la fina y bruna tela del kimono, estaban
dentro y fuera de él. Su mente estaba embargada por la unión
con la naturaleza, de la que Takeda, como todo a su alrededor,
formaba parte.
Así, en este instante él no sólo era las aguas
tranquilas del más bello de los cinco lagos, sino también la
venerada y sagrada montaña de Japón, cuyos caracteres kanji
(Fu ‘abundancia’, ji ‘guerrero’ y san
‘montaña’) conforman la representación escrita de «La montaña
que abunda con los guerreros». Era cada uno de los ocho
pétalos de su cima, así como la perfecta simetría de su
silueta, los bruñidos brezales y la profusa vegetación que
crecen en sus laderas y, no menos importante, era el símbolo
que entrelaza los misterios de los cielos con las realidades
de la vida cotidiana.
Él era todo eso y más, porque sentía la armonía, y
en ella podía permanecer indefinidamente, como si fuera capaz
de unir la vida con la muerte, lo efímero con lo eterno.
Sin embargo, su abstracción se vio interrumpida
por un sonido de pasos, todavía bastante lejanos, mas
perceptibles para él. Eran cortos, pero ascendían apresurados
por el sendero hacia el lago. Al rato, y sin que los pasos
cesaran, más cerca oyó el crujido de una rama seca, y luego el
movimiento de los matorrales a su espalda. Esperó, todavía sin
abrir los ojos, a que pudiera verle aquel que producía estos
sonidos para decir:
—Has tardado.
—¡Sí, padre! —le respondió emocionado un niño de
unos cinco años—. Es que cuesta llegar hasta aquí.
Takeda, en ese momento, relegó a un segundo plano
todo lo demás para centrar la atención en su retoño. Se giró,
miró para él y sonrió.
—Es cierto —le respondió con cariño al tiempo que
se incorporaba—, siempre es así. Ven, ¡dame un abrazo!
El niño se lanzó a los brazos protectores de su
padre, y en ellos quedó envuelto mientras percibía su fuerza y
amor. Apenas recordaba las facciones del hombre que había
generado el impulso natal de su vida, pues había transcurrido
demasiado tiempo desde la última vez que lo vio, y además, por
aquella entonces, era tan joven como su memoria, frágil e
inmadura. No obstante, por mucho que los sentidos no enlacen
directamente con los recuerdos, el espíritu nunca olvida.
—Estás ya muy mayor —le confesó Takeda a su hijo—.
Has crecido mucho desde mi marcha, Katsuyori.
—¡Pues aún voy a crecer mucho más! —le contestó
con toda naturalidad el chiquillo.
—¡Claro que sí! —exclamó el padre, y ambos rieron.
Tras recoger Takeda su arma, echaron a andar
agarrados de la mano, felices por el reencuentro. Caminaron un
breve trecho por la orilla del lago, a la vez que el padre
escuchaba las preguntas del hijo y les daba respuesta en la
medida de lo posible, hasta que apareció ante ellos un pequeño
templo de madera.
La
decoración del mismo era austera y sencilla, sobria y simple,
indiferente al placer sensual, como la visión intuitiva e
instantánea de la iluminación. Su planta cuadrada representaba
la tierra, y el techo, ampliado en ángulo hacia arriba, la
montaña sagrada, cuya cima evoca el firmamento. La entrada al
templo, sin puerta, indicaba que este lugar se encontraba en
conformidad con la naturaleza, pues era un lugar abierto a
todos los seres.
Katsuyori se detuvo a admirar el conjunto. El
templo parecía ser un componente más del paisaje, un árbol
cualquiera entre la floresta que, a la vera del lago, extraía
de éste su fuerza y vigor. Dirigió la mirada al entorno y,
extasiado ante la belleza sublime del paraje, le preguntó como
por encanto a su progenitor:
—¿Qué lugar es éste, padre?
—Este lugar, hijo mío —le respondió Takeda—, es
el santuario de nuestra familia, el lugar donde tu abuelo me
instruyó por primera vez en el bushido, el camino del
guerrero, e igual que él hizo su padre, y el padre de éste, y
así hasta los albores de los tiempos. Hoy eres tú el heredero,
la hoja más tierna de las ramas de nuestra familia, y yo, tu
padre, he de enseñarte secretos por los cuales un simple
hombre pasa a ser un guerrero, uno con el mundo.
Tras estas palabras, los dos guardaron
silencio. Katsuyori supo que este momento habría de ser, sino
el más importante, uno de los más memorables en su vida, y no
quería dejar sin fijar en su mente un solo detalle. Takeda, a
su vez, evocó la figura de su padre, y recordó aquello que
Katsuyori intentaba ahora retener. Se vio a sí mismo allí
delante, escrutando aquel lugar como si quisiera aprehenderlo
y llevarlo dentro para siempre. También él tenía entonces
cinco años, y pisaba, con el mismo fin, donde lo habían hecho
todos sus antepasados. Luego vendrían duros y disciplinados
años de entrenamiento, de comprensión sin necesidad de acudir
a libros, argumentaciones o filosofías, pues acabaría por
comprender que el mejor camino hacia el conocimiento está en
uno mismo.
—Pero eso será a partir de mañana —manifestó
finalmente Takeda, en parte continuando con lo que
anteriormente había dicho, en parte hablando consigo mismo—.
Hoy debemos ir a otro lugar, pues además de ser yo tu padre, y
tú mi hijo, somos el presente y futuro daimyo del clan
Takeda. Hay otras responsabilidades que no podemos omitir…
(Continúa en
El camino del guerrero)
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