|
1 La gratitud del
príncipe de los mares
En
tiempos y tierras lejanas, vivía Narsú, un sencillo pescador.
No tenía mucho dinero, pero era feliz con la vida que llevaba.
Se levantaba con la primera luz del sol, cogía su barca, y
pasaba el día en el mar.
Bien es cierto que su padre había sido un gran comerci ante,
y sus dos hermanos mayores habían seguido, cada uno a su
manera, los pasos de aquél, pero Narsú siempre había soñado
con dedicarse a pescar, y a este oficio se había volcado con
satisfacción, pues más importante era para él hacer lo que
deseaba que conseguir riqueza.
No obstante un día, como otro cualquiera, estaba Narsú
atareado en retirar las redes del mar desde su barca, cuando
ocurrió algo muy raro. Éstas pesaban mucho más de lo habitual
por lo que, ilusionado y alegre, se preparó para recoger una
buena captura. Pero, ¡cuál fue su sorpresa cuando vio en ellas
a un hombre que, en vez de piernas, tenía cola de pez! Estaba
ensangrentado, y Narsú, aunque sintió temor ante un ser tan
extraño, se apresuró a auxiliarle, pues creyó que habían sido
sus aparejos los que le habían causado daño. Mas, una vez que
lo examinó, vio que tenía tres profundas perforaciones
abiertas bajo las costillas, y eso le hizo suponer que había
sido herido con algún tipo de arma.
Sin
perder un instante, remó hasta la orilla y, tomando al tritón,
ya que con tal nombre se conocía a este tipo de seres en las
leyendas antiguas, subió por un sendero, flanqueado por
nogales, hasta su casa. Una vez allí, le limpió y cosió los
cortes que tenía. Acto seguido, intuyendo que el hombre mitad
pez no podría vivir mucho tiempo fuera del agua, lo trasladó a
una poza tranquila que conocía. Durante varios días permaneció
con él, vigilante, hasta que al fin le vio abrir los ojos.
—¿Dónde estoy? —preguntó el tritón desorientado.
—En la playa de Giodorá —respondió Narsú—. Te icé maltrecho a
mi embarcación, y desde entonces he estado cuidando de ti.
—Ahora recuerdo —dijo aquél sumido en sus pensamientos—.
Habíamos ganado la batalla, pero en el
último
momento un enemigo se abalanzó con su tridente sobre mí y
después…
El tritón dejó de hablar y volvió la vista con preocupación
hacia su costado. Creyó que se iba a encontrar con unas
heridas mortales, pero en vez de ello comprobó que éstas, al
haber sido cosidas, no sólo estaban cerradas, sino que también
habían comenzado a cicatrizar.
—Me has salvado la vida —dijo éste al pescador—, y por ello te
recompensaré. Soy el hijo de uno de los reyes más poderosos de
los océanos, y eso me permite conocer la ubicación de grandes
tesoros ocultos. ¿Sabes dónde está la gruta del coral?
—Sí —afirmó Narsú—, justo al otro lado de donde estamos ahora.
—Bien, entonces harás lo siguiente:
»Mañana, cuando baje la marea, entrarás en ella y, antes de
llegar a las galerías en las que se divide su interior,
mirarás hacia arriba. Allí verás un hueco estrecho, pero lo
suficientemente amplio como para penetrar en él. Hazlo así y
avanza hasta llegar al final del pasadizo, donde encontrarás
una inmensidad de joyas a los pies de una estatua, de cuyo
cuello pende un collar de perlas negras. Tiene más valor que
todo lo demás reunido, y éste es el regalo que te hago.
Acéptalo junto a mi eterna gratitud.
Dicho esto, el príncipe agitó con fuerza su cola y, de un
salto, llegó al mar. Tras despedirse de Narsú con un gesto de
la mano, desapareció bajo las aguas...
(Continúa en
Narsú y el collar mágico)
|