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  Leyendas de Arabia

Primera edición: Corona Borealis, 2006

Género: Cuentos ilustrados

Ilustrador: Álvaro Busto Castelli

Páginas: 96

ISBN: 9788495645746

PVP: 15 €

 

Genios benéficos y perniciosos, tribus bárbaras, nobles indolentes, mercaderes dominados por la codicia, hombres movidos por profecías, guerreros, sultanes, dioses, magos, oráculos... son algunos de los elementos que se encuentran en esta obra ambientada en un oriente lejano y fantástico.

 

«Con maestría insuperable el autor de Leyendas de Arabia nos adentra en las dunas movedizas del corazón y del alma a través de fábulas misteriosas y leyendas conduciéndonos a un oasis de paz interior.»

 

Reseña Editorial

     

 

El sello de Menandro

 

 

En una época remota, cerca del lugar donde nació el Sol, existió una ciudad a la que acudían los hombres para alcanzar la perfección de sus obras. Fue allí, en Sakala, donde floreció a la vida, bajo el cálido soplo de la primavera, un niño de nombre Menandro.

            En algún momento anterior a su nacimiento, los oráculos de la ciudad habían vaticinado que el destino de este niño sería hallar el sello con el que todo hombre se identificaría en el futuro, con el que todo ser humano se sentiría representado. Este sello sería distintivo para cada persona y Menandro sería quien le daría forma por primera vez.

            Por aquella entonces, muchos pensaron que este niño tallaría la más bella de las esculturas, otros tantos que pintaría el más excelso de los frescos o que compondría la más maravillosa de las melodías, o incluso, tal vez, que desarrollaría la más sublime de las reflexiones, pero lo cierto es que las pitonisas auguraban que el sello sería una obra de carácter más global, más universal.

No sólo sería un sello propio de guerreros, de filósofos o artistas, de sacerdotes o reyes, sino que también sería el signo de los obreros, de los artesanos o de los mercaderes, de los campesinos o de los mineros; en él tendría cabida el hombre más humilde de corazón y de bienes, así como el más arrogante y el más rico, también el más injusto y el más equitativo, al igual que el más ignorante y el más sabio... 

            Así los años fueron pasando y Menandro se convirtió en un joven vigoroso, instruido, juicioso y feliz. No obstante, una labor que ya se le había encomendado incluso antes de nacer, iría entristeciendo su dichosa vida. Todos los que se encontraban a su alrededor, y que antes le habían animado y admirado hasta la conclusión de su formación, ahora le insistían constantemente para que hallara el sello profetizado.

            Menandro se dejó guiar por las opiniones de las gentes para crearlo, y haciéndoles caso, primero se dedicó con pasión a la escultura, pero aun a pesar de ser enseñado por los mejores  maestros, fracasó.

            —¡Desde luego el sello no ha de ser una escultura! —acordaron éstos, muy decepcionados.

            Su siguiente paso, continuando los consejos de sus mayores, le condujo a la pintura, y a ella se volcó aún con mayor entusiasmo, pero aunque fue instruido por los principales pinceles del reino, también naufragó.

—¡Es evidente que el sello no ha de ser un fresco! —anunciaron éstos muy desilusionados.

De este modo fue creciendo la impaciencia en el ánimo de las gentes de la ciudad, puesto que Menandro no era capaz de crear el ansiado sello presagiado. Sin embargo, la esperanza seguía existiendo, ya que todos se decían unos a otros:

—¡Todavía queda la música y la escritura!

Y así era. Menandro aún no había caminado por todas las sendas del arte cuando fue confiado a los más grandes compositores de poniente. En cuerpo y alma se volcó en el aprendizaje, pero de nuevo sus cualidades para esta disciplina no se hallaban fuera de lo común. Otra vez fracasaba.

—¡Las melodías de Menandro no son propias de un maestro! —dijeron los compositores notablemente entristecidos.

A partir de entonces, el sentimiento de decepción en aquellos que rodeaban a Menandro comenzó a crecer hasta tal punto, que muchos comenzaron a considerar un error la predicción de los oráculos. Menandro, por su parte, lo único que tenía claro es que había luchado día tras día, hora tras hora, por ese objetivo especial que todos creían que realizaría. Pero eso no le reconfortaba.

Apenado por su fracaso, que corría de boca en boca por las desencantadas calles de la ciudad, se deprimió y, faltándole las fuerzas, se refugió en la soledad de su palacio. Allí, rodeado por el silencio, recordó que todavía latía un rayo de luz en la esperanza. Todavía faltaba probar con la escritura. Pensando en ello, Menandro volvió a sentirse fuerte y a creer en sí mismo. Pero, lo que suponía su última oportunidad para crear el sello, únicamente le empujaría a la más extrema y vehemente de las desesperaciones...

 

(Continúa en Leyendas de Arabia)

 

Abdellah y el genio de la botella ׀ El más digno sucesor ׀ El mensaje de las olas ׀ El sello de Menandro ׀ Ériador ׀ La cueva en el desierto ׀ La muerte de los dioses ׀ La última batalla

 

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