|

n los
lindes del bosque vivía un hombre llamado Iberto. Tenía un
montón de problemas, hecho que no le sorprendía demasiado, ya
que estaba acostumbrado. Hasta donde alcanzaban sus recuerdos,
siempre había sido así. Después de un revés, venía otro, y
otro más. Era lo habitual.
No obstante, veía que sus vecinos, pese a tener
también alguna que otra preocupación, no tenían tantas como
él.
—¿Por qué será? —se preguntaba Iberto—. Trabajo tanto o más que
ellos, cuido de mis propiedades como el mejor guardián, le
dedico mi mayor esmero a todo lo que hago, y en pago, la vida lo
único que me trae es dificultades y más dificultades. ¡Qué
injusto es el mundo!
Pero Iberto tenía asumido que por más que hiciera no podría
cambiar las circunstancias que la providencia había previsto
para él, así que se resignaba y continuaba siendo fiel a sí
mismo. Tal vez un día cambiara su suerte, y en ello confiaba.
Fue un día de primavera cuando creyó atisbar esa posibilidad. Se
decía que un gran sabio iba a pasar por el lugar, y que en todos
los sitios en los que había estado, había dado solución a una
gran cantidad de problemas.
—Quizás él me pueda explicar por qué el destino me tortura de
esta manera —reflexionó Iberto—. Tal vez todo esto tenga un
significado.
Y con esta ilusión esperó la llegada del sabio, la cual se
produjo al cabo de unas semanas. Éste escuchó a todos los
lugareños que acudieron a él, y después de haber seguido las
pautas que les había dado para solventar sus problemas, quedaron
muy agradecidos. No parecía haber nada que el sabio no fuera
capaz de remediar. Así pues, Iberto estaba muy emocionado,
puesto que si había favorecido a los demás, lo más probable es
que pudiera hacer lo mismo por él.
—Maestro —le dijo cuando al fin pudo atenderle—, a lo largo de
la vida he sufrido mucho, y me gustaría saber la causa por la
que el destino me pone en tantos aprietos.
—Normalmente, cuando esto sucede —le contestó—, se debe a la
necesidad de aprender una enseñanza que no ha sido comprendida.
Pero Iberto, aunque había escuchado atentamente, se vio incapaz
de entrever el significado de aquella respuesta, y así se lo
comunicó al sabio.
—Indícame la fuente de alguno de tus problemas —le dijo éste.
Y entonces Iberto le rogó que le acompañara hasta su cabaña para
que viera, con sus propios ojos, cómo se cebaba con él la
desventura.
Una vez allí, Iberto le enseñó los árboles frutales del jardín.
A simple vista parecían haber sido plantados sin orden alguno y
las ramas de los mismos se encontraban enmarañadas, de tal
manera que se daban sombra unos a otros mientras quedaban muchos
claros en los que tan sólo crecían arbustos.
—Los árboles de mis vecinos se cargan de frutos —señaló Iberto—.
Los míos, en cambio, apenas consiguen llenar una cesta. ¡Dígame
que no es mala suerte!
—Todos los vegetales necesitan la luz del sol para desarrollarse
correctamente —dijo el sabio—. Por ello, sería conveniente que
trasplantaras los árboles más débiles a las zonas
donde la tierra está baldía. Tampoco estaría de más que cortaras
las ramas más finas en la época adecuada para cada especie.
Iberto sonrió al pensar en lo que se le estaba diciendo. Nadie,
por muy sabio que fuera, podía serlo más que la naturaleza.
—Si los árboles han crecido así —se dijo—, es por algo. Los
bosques se llenan de ellos y nadie ha ido allí a plantarlos.
Desde luego, puede que para algunas cosas este hombre sea útil,
pero difícil lo tendría si tuviera que dedicarse al cuidado de
los árboles.
Mas no le dijo nada al sabio, no fuera a ser que se incomodase.
De esta forma, le condujo acto seguido al establo. Estaba tomado
por la suciedad, y los cerdos que se encontraban en él se
encontraban en un estado de limpieza lamentable.
—Cada vez viven menos tiempo —explicó Iberto—. También ellos son
presa de la mala fortuna.
Entonces el sabio le explicó que, seguramente, la causa de esto
se encontraba en que los animales estaban expuestos a
infecciones, y que lo recomendable era baldear el habitáculo.
Aunque tampoco en esta ocasión dijo nada, Iberto pensó:
—Sabio será, pero es evidente que nunca ha cuidado animales.
Todo el mundo sabe que a los cerdos les gusta revolcarse en la
porquería...
(Continúa en
Los bosques perdidos)
|